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Los cuatro elementos de la naturaleza… a precio de oro

Los cuatro elementos de la naturaleza… a precio de oro

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Escribe: Néstor Echarte


Grabado medieval de una edición de 1472 de la obra de Lucrecio, De rerum natura. Representa el sistema de los cuatro elementos de Empédocles.

Cuando abrimos por primera vez un manual de astrología,mucho antes de que aparezcan las casas, los aspectos o los tránsitos, alguien nos habla de cuatro palabras que parecen demasiado simples para sostener la estructura de una disciplina como la astrología: Fuego, Tierra, Aire y Agua. Y sin embargo sobre esos cuatro elementos se levantó no solo nuestra vieja y querida astrología sino buena parte del pensamiento que el hombre construyó para entenderse a sí mismo y para entender el mundo que lo rodea. Vale la pena, entonces, detenernos un momento en su origen antes de sacar cualquier conclusión, porque vamos a intentar diferenciar a los elementos mencionados como categoría filosófica, y a esos mismos elementos como aquello que efectivamente forman parte de nuestra vida cotidiana.

Un Legado Antiguo que Llega Hasta Nosotros

Los griegos hablaron de estos cuatro elementos como los principios básicos de la materia. Empédocles los llamó «raíces» de todas las cosas, y esa palabra —raíces— los define como objetos, eran fuerzas primeras, energías de las que después brotaba lo demás. Aristóteles los sistematizó y los cruzó con las cualidades de lo seco y lo húmedo, lo caliente y lo frío, y de ahí en más quedó armada esa maquinaria que la astrología heredó y que los astrólogos utilizamos todos los días sin preguntarnos demasiado sobre su origen.

Cuando nosotros clasificamos a los signos como de Fuego, de Tierra, de Aire y de Agua, cuando decimos que un Aries es apasionado o que un Cáncer es emocional o un Géminis comunicativo, estamos usando un mapa que tiene más de dos mil años y que atravesó la medicina hipocrática, la teoría de los humores, la alquimia y tantas otras estaciones antes de llegar a la efeméride que hoy la computadora nos resuelve en una fracción de segundo. Es un legado, y como todo legado, corremos el riesgo de recibirlo sin comprenderlo demasiado.

Fuimos aprendiendo que el elemento no es algo decorativo. El Fuego es el impulso, la voluntad, la energía que empuja hacia adelante. La Tierra es lo concreto, lo que se toca, lo que sostiene y da forma. El Aire es el pensamiento, el vínculo, la palabra que circula entre las personas. El Agua es la emoción, lo que fluye y moja todo lo que encuentra. Cuatro modos de estar en el mundo, cuatro maneras que la naturaleza tiene para manifestarse en nosotros. Hasta acá, la astrología.

Cuando el Símbolo Baja del Cielo a la realidad cotidiana

Ahora bien, quiero aprovechar este trabajo para dar un paso que no suele darse en los manuales, porque los manuales se quedan en el plano simbólico y rara vez se animan a mirar qué pasa cuando esos mismos elementos dejan de ser categorías del alma y vuelven a ser lo que fueron desde el principio: aire, agua, fuego y tierra, así, sin mayúsculas, las cosas materiales de las que depende cualquier vida humana sobre este planeta.

Y acá aparece una paradoja que me resulta imposible pasar por alto. Los cuatro elementos que la astrología considera principios universales, patrimonio de todo lo que existe, resultan ser en la práctica de la vida cotidiana cuatro bienes que la humanidad se encargó de degradar, de ensuciar y —lo más grave— de ponerles precio. Lo que en la carta natal es un derecho simbólico de todo ser humano, en la calle es una mercancía. El elemento que define nuestro ser interior, tiene un precio, y si no pagamos ese precio no podremos disfrutar aquello que nuestra libertad interior asume que es propio por derecho. Tomemos esto como otra de las grandes contradicciones que vive el ser humano.  Aquello que escribimos con una mano lo borramos con la otra.

El precio que no deberíamos pagar

Comencemos por el Aire, ese elemento que en astrología asociamos al pensamiento libre, a la comunicación, a aquello que circula sin dueño entre las personas. El derecho de un ser humano a respirar aire limpio parece la cosa más obvia y elemental de todas. Algo que ni siquiera haría falta reclamar. Sin embargo, la propia humanidad se ocupó durante generaciones de llenar ese aire de humo, de partículas, de gases que no se ven pero que están. El aire de las grandes ciudades ya no es el aire que respiraba el hombre de la antigua Grecia. Es un aire intervenido, degradado, y lo respiramos porque no hay otro, no porque sea de calidad. El elemento que la naturaleza nos brinda con libertad es parte de una atmósfera que enferma. No deja de ser una ironía que el signo del pensamiento libre respire, hoy, un aire contaminado, culpa de la codicia de quien depreda, entre otras cosas, enormes bosques en desmedro de lo que respiramos.

El Agua siguió exactamente el mismo camino, y en algunos aspectos uno más triste todavía. Este elemento, que en la carta representa la emoción, lo que fluye, la vida afectiva que corre por debajo de todo, es en el mundo concreto la condición necesaria para que exista un organismo viviente. No hay vida sin agua: eso lo sabe hasta un chico. Y sin embargo el agua está cada vez más sucia, más contaminada, más lejos de esa «máxima expresión de calidad» que debería ser el piso, no el techo, de lo que le corresponde a cada persona. Ríos que fueron limpios y hoy arrastran lo que las fábricas les tiran, napas envenenadas, agua que en muchos lugares hay que comprar embotellada porque la que sale de la canilla ya no se puede beber. El elemento que fluye, es ahora embotellado y etiquetado. Comprar agua nos parece normal.

Con el Fuego la cuestión viene de más lejos y por eso mismo la tenemos más naturalizada. El Fuego es la energía, el impulso, lo que mueve. La energía tiene precio desde hace cientos de años, tanto que ya casi no recordamos que alguna vez pudo no tenerlo. Pagamos la luz, pagamos la electricidad, pagamos el gas, pagamos cualquier forma de energía que la naturaleza produce y que, en rigor, no pertenece a nadie. El sol que calienta, el viento que sopla, la caída del agua: fuentes que están ahí, disponibles, y que sin embargo llegan a nuestra casa convertidas en una factura mensual. Pagamos por el fuego como si el fuego fuera un invento de alguien, cuando es —junto con los otros tres— lo más viejo del mundo.

Y qué decir de la Tierra, el cuarto elemento, el más concreto de todos, el que en astrología significa lo sólido, lo estable, aquello sobre lo que se puede construir. En el plano material la Tierra es, sencillamente, el suelo que pisamos, el pedazo de mundo donde una persona podría echar raíces. Pues bien: no hay elemento más comprado y vendido que este. Un pequeño lote de tierra tiene precio, y no cualquier precio; para muchísima gente, un precio inalcanzable. Se especula con la tierra, se acumula tierra, se cerca tierra. Y llevemos el razonamiento hasta el final: hasta nuestra propia tumba tiene precio. El lugar donde el cuerpo vuelve a la tierra, el último metro cuadrado que le corresponde a cada uno, también se cobra. Nacemos sobre una tierra que hay que comprar y descansamos, al final, en una tierra que también hay que comprar. Entre esos dos precios transcurre nuestra vida.

Un Derecho Convertido en Mercancía

Cuando ponemos los cuatro elementos uno al lado del otro y los miramos ya no como categorías de la carta natal sino como lo que efectivamente son en la vida de la gente, vemos algo que conviene no apurar. Vemos que los cuatro pilares sobre los que se apoya toda existencia humana —el aire que respiramos, el agua que bebemos, la energía que nos calienta y nos mueve, la tierra que pisamos— fueron, con distintos ritmos y por distintas manos, transformados en algo que se degrada, se ensucia y se vende.

Un texto astrológico no tiene por qué ser aséptico. Todo ser humano tendría que tener derecho a su tierra, a su aire y a su agua puros, a la energía que la propia naturaleza produce. No como un privilegio, no como algo que se conquista pagando, sino como un piso, como una condición de partida por el solo hecho de haber nacido sobre este planeta. Pero no es así. Los que no formamos parte del «círculo áureo» de los que fijan los precios sabemos que los elementos que la sabiduría antigua consideró raíces comunes de todo lo que existe se repartieron de un modo que de común no tiene demasiado.

La pregunta seria… ¿quién se beneficia con este estado de cosas? No soy yo el que tiene la respuesta, pero basta con mirar a nuestro alrededor para saber que los elementos sobre los cuales estructuramos nuestro conocimiento astrológico, en su faceta práctica y terrenal se degradan día a día, y el precio de aquello que es un derecho de quien nace en esta Tierra, lo fija el mismo que lo degrada.

Volvamos entonces, a nuestro punto de partida. Nuestra disciplina, como decía Spicasc “Nuestra Querida y Venerable Ciencia”. Cuando la astrología habla de los cuatro elementos, nos recuerda algo que la vida cotidiana se empeña en hacernos olvidar: que el Fuego, la Tierra, el Aire y el Agua fueron, antes que cualquier factura y antes que cualquier propietario, el
patrimonio de todos. Los antiguos lo sabían. Estamos en la transición entre dos Eras Astrológicas. Se supone, y es de esperar, que se trata de la transición hacia una conciencia mucho más despierta de la que tantas veces hablamos. Habrá que ver si esa conciencia nueva alcanza también para replantear algo tan viejo y tan olvidado como esto, o si seguiremos pagando, sin demasiado asombro, por respirar…

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