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¿Por qué, en astrología horaria, domificamos con Regiomontanus sin tener la menor idea de por qué lo hacemos?

¿Por qué, en astrología horaria, domificamos con Regiomontanus sin tener la menor idea de por qué lo hacemos?

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Escribe: Néstor Echarte

Hay preguntas que un astrólogo aprende a esquivar con la elegancia de un político en campaña. Una de ellas es: «¿Y por qué levantás las cartas horarias con Regiomontanus?» La respuesta, si uno se anima, es un encogimiento de hombros seguido de un murmullo: «Porque siempre se hizo así.» Que es, dicho sea de paso, la misma justificación con la que los economistas sostienen desde hace años, Adam Smith mediante, que la mano invisible del mercado es la que regula las apetencias desmedidas de sus actores…. Y ya sabemos muy bien que es lo que hace esa mano invisible …con sus deditos cuando no estamos atentos…

El culpable tiene nombre y apellido

Si algo funciona en la astrología horaria occidental, hay que agradecérselo —o reprochárselo— a un inglés del siglo XVII llamado William Lilly. Su Christian Astrology es, básicamente, el manual del que todos copiamos sin citar. Lilly levantó cada una de sus cartas con casas de Regiomontanus y probó todas sus reglas contra esas cúspides: significadores, dignidades, recepciones, aspectos. Todo el edificio de la horaria que practicamos hoy se calibró sobre ese sistema.

Traducido: las reglas funcionan con Regiomontanus porque Lilly las inventó usando Regiomontanus. Es el equivalente astrológico de afinar la guitarra con el único disco que quedó en tu casa después de haber digitalizado toda tu música, y después declarar que ese es el tono universal del cosmos porque cuando los discos eran de pasta, allí se imprimía la verdadera música.

Ahora bien, Lilly no eligió Regiomontanus tras un profundo examen comparativo de sistemas de domificación mientras acariciaba su barba a la luz de una vela. Lo eligió porque lo daba por sentado. En su Inglaterra, se asumía que Regiomontanus era el sistema más fiel a Ptolomeo. ¿Y por qué se asumía eso? Porque el propio Regiomontanus, al publicar su método, había argumentado que esa era la división que Ptolomeo tenía en mente. Un caballero afirmando que su invento es el que los antiguos siempre quisieron: un clásico del marketing que ni la publicidad moderna superó.

Nadie lo verificó demasiado. Se aceptó. Y así, una presuposición no cuestionada del siglo XV se convirtió en dogma del siglo XVII, y de ahí en costumbre incuestionable del siglo XXI, cuando la levantamos con un clic y ni siquiera sabemos qué diablos está trisecando el software (un término técnico hermoso que se refiere a cómo se calculan geométricamente las cúspides interiores).

Pero para aquel que quiere saberlo, por lo menos para defenderse en un asado con colegas: a diferencia de Plácidus —que reparte arcos de tiempo— Regiomontanus proyecta las casas dividiendo el ecuador celeste. Eso le da cúspides limpias y bien plantadas, y se porta bastante mejor en latitudes altas, donde Plácidus empieza a tambalear. Se podría haber hecho la prueba con Campanus —que al igual que Regiomontanus se resuelve mediante polos— o con el vernáculo y criollo Topocéntrico, que es el que más se asemeja a Plácidus en sus resultados, pero mediante un camino geométrico y no temporal. Y en horaria la precisión de la cúspide no es un detalle decorativo: que un planeta caiga de un lado o del otro puede ser la diferencia entre «sí, aparece tu gato» y «olvidate del gato». Así que el sistema, hay que decirlo, no es ningún capricho: tiene su lógica.

La confesión final

Ahora bien, tratemos de ser auténticos hasta el final, ya que la ironía sin verdad es solo un arrebato de arrogancia. La horaria no nació casada con Regiomontanus. Los árabes y los medievales usaron durante siglos casas iguales y Alcabitius, que es un sistema de casas temporal, con total solvencia y sin que se les cayera el cielo encima. El reinado de Regiomontanus es un desarrollo posterior, hijo directo de la influencia de Lilly, no un mandamiento grabado en piedra por Ptolomeo.

Es decir: usamos Regiomontanus no porque el universo lo exija, sino porque el cuerpo de reglas que heredamos fue construido sobre él. Cambiar de sistema no es imposible, pero es como cambiar el tamaño de la cancha después de haber aprendido a jugar: quizás siga siendo fútbol, pero tus reflejos ya no son los de antes.

Y esa, amigos astrólogos, es la moraleja que excede a la astrología. Buena parte de lo que hacemos con enorme convicción —en la carta, en la cocina, en la vida— lo hacemos porque alguien, hace mucho, lo decidió por nosotros y tuvo la astucia de no dejar constancia de sus dudas. Regiomontanus al menos dejó su nombre en la escena del crimen.


Nota: Regiomontanus fue el seudónimo latino de Johannes Müller de Königsberg (1436–1476), astrónomo, matemático y, evidentemente, un excelente vendedor de sí mismo.

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