De dónde viene la hora con la que levantamos una carta natal
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Escribe: Néstor Echarte

Cuando nos sentamos a levantar la carta natal de un personaje histórico, todo el trabajo que viene después descansa sobre un dato que casi nunca vimos con nuestros propios ojos: la hora en que esa persona nació. Los que empezamos hace unas cuantas décadas sabemos bien cómo circulaban esos datos. De mano en mano, fotocopiados, anotados al margen de una efeméride o dictados por teléfono; y cuando alguno llegaba impreso en un libro se cargaba de esa autoridad silenciosa que tiene todo lo que ya está escrito.
No es que nos conformáramos con cualquier cosa, y conviene decirlo porque suele contarse mal. Se indagaba, y bastante: se buscaba la fuente original, se conseguía el libro del que venía la cita, se comparaban versiones distintas del mismo nacimiento, se le escribía al colega que tenía el dato de primera mano. Lo que faltaba no era interés ni rigor. Faltaba algo mucho más simple y mucho más difícil de conseguir: que el dato llevara escrita al lado su propia procedencia, de manera que dos cartas natales del mismo personaje pudieran compararse sabiendo cuál de las dos se apoya en un papel y cuál en el recuerdo de alguien.
Porque cuando la diferencia aparece, no es menor. Media hora no le mueve un planeta a nadie, pero le cambia la carta natal entera: los cuerpos lentos siguen donde estaban y lo que se corre es el Ascendente, y con él las doce cúspides, y con las cúspides la casa en la que cae cada planeta. Se corre, obviamente, aquello sobre lo que después apoyamos todo el peso de la lectura.
Cuando la hora no aparece: rectificar
Frente a esa duda el oficio tiene su herramienta, y no es una herramienta menor: la rectificación de la hora natal. Rectificar es hacer astrología al revés, es decir, partir de los acontecimientos de una vida —documentados y fechados— y llegar por ellos a la hora de nacimiento que los explica a todos. Se toman las cúspides como significadores, porque son la parte del rádix que más rápido se mueve, y los planetas o puntos sensibles como promisores, y se dirige con la clave que corresponda: simbólicas, secundarias, o primarias bajo el polo del significador. No es un atajo ni una adivinanza. Es un trabajo largo, de mucha paciencia, y cuando sale bien no devuelve solamente una hora: revalida la astrología misma, porque los hechos posteriores se encadenan y corroboran esa hora y no otra.
Ahora bien, rectificar necesita lo que de un personaje histórico rara vez tenemos: una lista amplia de hechos de distinta naturaleza, fechados con precisión y no apenas por el año. Y hay además una razón de fondo, que es la que nos importa acá. Una hora rectificada es una hipótesis nuestra, muy trabajada, pero nuestra. Sirve para acompañar a un consultante, con quien podemos seguir ajustándola; no para armar una galería de estudio en la que después cada alumno va a mirar una casa doce y sacar sus conclusiones. Por eso importa tanto saber de un vistazo de dónde salió cada hora.
La mujer que empezó a preguntar de dónde
A esa necesidad le dio forma Lois Rodden, una astróloga norteamericana que se pasó treinta y cinco años juntando datos de nacimiento y, sobre todo, corrigiéndolos. Publicaba un boletín que en los hechos era un servicio de corrección permanente: cada número traía datos nuevos y datos enmendados, muchos de ellos los suyos propios. Pero lo que la volvió imprescindible no fueron sus libros sino una consigna, repetida hasta el cansancio, que hoy nos suena obvia y en su momento no lo era: «Dé la fuente de su dato… y ponga la fuente en cada carta».
El año en que el dato empezó a tener apellido
El sistema aparece en 1979, con el primero de sus libros de datos: cada carta natal viene acompañada de una letra que no dice si el dato es «bueno» o «malo», sino algo bastante más útil y más humilde, que es de dónde salió. La calificación no juzga la hora: juzga el testimonio. Una hora recordada por la madre puede ser más exacta que la que anotó un empleado apurado del registro civil, y lo que la escala nos dice no es cuál de las dos acierta, sino que en un caso hay un papel y en el otro hay una memoria, y que tenemos derecho a saber cuál de las dos está sosteniendo la rueda que miramos.
La categoría AA, que hoy nos parece el punto de partida natural para tener la certeza de un dato natal cierto, llegó después y por sugerencia de otra astróloga, Marion March, justamente para diferenciar lo documentado de lo que se recuerda. Antes de esa corrección la A cubría las dos cosas y las volvía indistinguibles. Obviamente, una vez hecha la separación ya no hubo manera de volver atrás: el que conoce la diferencia no puede seguir tratando igual a las dos.
Las letras, una por una
La escala es corta y se aprende en cinco minutos. Vale la pena tenerla a mano, porque es el primer dato que deberíamos mirar en una ficha, antes incluso que la fecha de nacimiento.

Cuatro minutos, un grado
Lo que está en juego cuando bajamos de AA a A no son los planetas, que casi no se enteran: es el Ascendente, que avanza alrededor de un grado cada cuatro minutos de reloj. Una hora «de memoria» redondeada a la media hora, que es lo que hacen la mayoría de los consultantes cuando se les pregunta a qué hora nacieron, puede correrlo siete u ocho grados -siendo optimista-, cambiarle el signo si el nacimiento cayó cerca del límite, y mudar de casa a tres o cuatro planetas. La carta natal que leemos deja de ser, en sentido estricto, la carta de esa persona.
No hace falta ir a buscar el ejemplo lejos, ni ponerlo en cabeza ajena. Armando nuestro catálogo de cartas natales encontramos ejemplos calculados con husos horarios equivocados, lo que también es parte de los errores más cometidos. El dato era AA, con el acta a la vista, de manera que el error si estaba en la fuente, pero en su otra mita, la que puede fallar cuando confiamos ciegamente en la veracidad de los husos horarios brindados por los sistemas informáticos actuales, los que por cierto muchas veces contienen errores sustanciales. Es la mitad del problema, y la que discutimos muchísimo menos.
Cómo se consulta
El archivo está hoy en línea (astro.com/astro-databank), es gratuito y se busca por apellido y no por el nombre de pila. Cada ficha trae la fecha, la hora, el lugar con sus coordenadas, el huso horario aplicado y, en un renglón propio, la letra con la que fue catalogado el dato que buscamos. Debajo, y esto es lo que casi ninguno de nosotros lee, están las notas de fuente: quién aportó el dato, en qué año y con qué documento en la mano. Ahí es donde uno se entera de que la hora, que veníamos usando desde hace veinte años, se la dictó a un astrólogo el amigo de un sobrino lejano del personaje en cuestión.
Conviene además tener presente que la calificación puede cambiar. Un dato que figuró como A durante años pasa a AA cuando aparece el acta, o cae a DD cuando alguien encuentra una segunda versión que lo contradice. Vale la pena volver a mirar la ficha antes de publicar un trabajo, y no confiar en la fotocopia de hace una década… que es, después de todo, la costumbre contra la que ella peleó toda su vida. El archivo, dicho sea de paso, terminó comprado por una casa suiza de software astrológico que en lugar de explotarlo como producto cerrado lo abrió: hoy no sólo podemos consultarlo sin pagar, también podemos discutir una ficha.
Nuestra propia experiencia
En nuestro espacio de cartas natales, a los que acceden alumnos y adherentes en búsqueda de datos de personajes históricos, consignamos con total claridad la valoración de la hora de nacimiento. En principio solo incorporamos datos AA: las ciento treinta cartas publicadas tienen, todas, un acta detrás. Es la única manera de que un alumno pueda estudiar con la certeza de acceder a datos reales. Pero la regla tiene su costo: Muchos datos que circulan sin horarios correctos o con supuestas rectificaciones de dudosa procedencia, no son tenidos en cuenta.
¿Vale la pena dejar afuera a un Nobel, a un deportista, a un artista por sólo una letra? Depende de para qué vayamos a usar esa carta natal. Para mirar un Sol, una Luna y un ciclo de Saturno, la A alcanza y sobra; para trabajar casas, ángulos, direcciones o revoluciones solares, no alcanza nunca. Tal vez la salida no sea abrir la puerta ni cerrarla, sino hacer lo que hizo ella: dejar la letra escrita, bien visible, y que cada uno sepa sobre qué datos está parado.
Paradójicamente existe un detalle que conviene no dejar pasar, porque cierra el tema mejor que cualquier conclusión. La carta natal de la propia Lois Rodden no puede levantarse con un acta: su hora —22 de mayo de 1928, en Lang, un pueblo de Saskatchewan— figura en el archivo como rectificada a partir de una hora aproximada, y quien aportó ese dato fue ella misma. Es decir que la mujer que se pasó treinta y cinco años repitiendo «dé la fuente de su dato» tiene, para su propio tema, exactamente aquello de lo que venimos hablando: una hipótesis de trabajo, muy trabajada, pero hipótesis al fin. Se diría, más bien, que es la última lección de la escala: la que enseña que una regla recién se prueba cuando nos incomoda a nosotros.
