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Astrología: el mismo miedo, otra máscara

Astrología: el mismo miedo, otra máscara

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Escribe: Néstor Echarte

Del cálculo manual con efemérides al software de astrología y la inteligencia artificial

Vuelvo sobre un tema que vengo rumiando desde hace tiempo, porque cada tanto reaparece con otra máscara y uno termina discutiendo siempre lo mismo. Hubo una época en que ser astrólogo suponía, antes que cualquier otra cosa, saber hacer una cuenta larga, trabajosa, propensa al error, que demandaba horas de concentración y una efeméride abierta sobre la mesa. Esa época se fue, y no se fue de golpe, sino de a poco, como se van las cosas que creíamos imprescindibles y que un día descubrimos reemplazadas por un botón.

Conviene recordar cómo empezó todo esto, porque la memoria es corta y los que llegaron hace poco al oficio no tienen manera de saberlo. Las primeras computadoras que entraron a nuestras casas no eran estos aparatos silenciosos que hoy resuelven una carta en un parpadeo. Eran máquinas hogareñas que se conectaban al televisor familiar, que había que compartir con quien quisiera mirar el noticiero, y que no recordaban absolutamente nada cuando uno las apagaba. Para que hicieran algo útil había que tipear, línea por línea, el código en lenguaje BASIC, y rogar que no se cortara la luz antes de terminar, porque si eso ocurría la tarea volvía a empezar desde cero. Así era. Y en medio de esa precariedad entrañable, el mundo se fue acomodando, sin darse cuenta del todo, a una era que recién comenzaba.

La astrología no quedó afuera de ese movimiento. No podía quedar afuera, porque la astrología es, en buena medida, cálculo, y donde hay cálculo tarde o temprano llega la máquina que lo hace más rápido. A medida que aquellas computadoras se volvían más veloces y dejaban de depender del televisor, empezó a vislumbrarse algo que para muchos de nosotros fue una revelación y para otros una amenaza: el software de astrología. Los primeros programas eran torpes, lentos, llenos de errores, pero hacían en minutos lo que a nosotros nos llevaba una tarde entera. Y ahí, exactamente ahí, se abrió una grieta que todavía no se cerró.

Una frase que escuchamos durante años

Recuerdo con claridad la frase que empezó a circular en aquellos años, repetida en los cursos, en las reuniones, en las cartas de lectores de las revistas especializadas que todavía existían: «nadie es astrólogo si no sabe calcular una carta manualmente». La frase tenía su encanto, lo reconozco, y hasta tenía algo de verdad. Pero la realidad, con esa tozudez que la caracteriza, nos pasó por encima a todos, a los que la decíamos y a los que la combatíamos.

Hago el ejercicio de mirar el panorama actual y me hago una pregunta que no es retórica: ¿cuántos astrólogos saben hoy, realmente, calcular una carta natal en forma manual, con efeméride, tabla de casas, ascensiones rectas y la conversión horaria correspondiente? La respuesta sincera, la que nadie quiere dar en voz alta, es que son muy pocos, y que muy pocos podrían, si se les quitara la computadora, levantar un mapa correcto con lápiz, papel y una regla de cálculo. Y sin embargo, todos ellos se siguen llamando astrólogos, y ejercen, y publican, y enseñan. La frase que durante años funcionó como aduana, como filtro de legitimidad, quedó desactivada por el simple paso del tiempo y por la comodidad que ofrece apretar una tecla.

Hagamos una aclaración, porque el punto es delicado y no quiero que se malinterprete. No estoy diciendo que quien no sabe calcular a mano sea un impostor. Estoy diciendo algo distinto, y más incómodo: que el criterio con el que durante décadas separamos al astrólogo verdadero del aficionado resultó ser, a la larga, un criterio frágil, sostenido en una destreza técnica que la tecnología volvió prescindible. La aduana existía, la respetábamos, la exigíamos, y un día descubrimos que la máquina había construido un puente al costado y que todo el mundo pasaba por ahí sin pagar peaje.

El mismo miedo, otra máscara

Lo que quiero señalar es que esta discusión no es nueva, aunque a muchos se los presente como si lo fuera. Vuelve, se disfraza, cambia de nombre, y cada generación la vive como si fuera la primera en padecerla. Ahora el fantasma tiene otro apellido: la inteligencia artificial. Y el libreto es, palabra por palabra, el mismo que escuchamos con el software hace treinta años.

Vemos repetirse la escena con una fidelidad que da un poco de gracia y un poco de tristeza. Quienes no tienen la menor idea de cómo se calcula una carta en forma manual, quienes jamás abrieron una efeméride ni entendieron qué es la oblicuidad de la eclíptica o por qué el ascendente se corrige según la latitud del lugar de nacimiento, son muchas veces los primeros en rasgarse las vestiduras ante la aparición de una tecnología que describen como «destructiva», como «el fin de la astrología», como «la muerte del oficio». Lo dicen con una solemnidad que no se sostiene, porque están defendiendo con uñas y dientes un conocimiento que ellos mismos nunca tuvieron.

Y acá está, para mí, el centro de la cuestión, el nudo que quiero desatar en este trabajo. Porque una cosa es que resista la tecnología quien conoce a fondo las bases de su disciplina y advierte, con razón, que esas bases corren riesgo de perderse. Y otra muy distinta es que la resistan, o que la abracen sin reparos, quienes nunca se tomaron el trabajo de entender qué hay debajo del botón que aprietan.

Ninguna tecnología es destructiva

Permítame una afirmación que vengo sosteniendo desde hace años y que no pienso matizar: ninguna tecnología es, en sí misma, destructiva. La regla de cálculo no era buena ni mala, la calculadora programable no era buena ni mala, el software de astrología no era bueno ni malo, y la inteligencia artificial tampoco lo es. Son herramientas. Lo que es bueno o malo, lo que construye o destruye, es el ser humano que las usa, y el modo en que decide usarlas.

Conviene detenerse en esto, porque es donde más se confunde la discusión. Recorrí en carne propia toda esa evolución que hoy a los más jóvenes les resulta prehistórica. Pasé de construir una carta con logaritmos diurnales, sumando y restando a mano con el riesgo de equivocarme en un renglón y arruinar la media hora siguiente, a la calculadora electrónica, después a la programable, después a las primeras computadoras caseras que mencionaba al principio, y así hasta estos programas actuales que en segundos entregan el cielo completo de una persona junto a las técnicas de pronóstico más usadas. En cada uno de esos pasos escuché la misma profecía de catástrofe. Y en cada uno de esos pasos la astrología, lejos de morir, siguió viva, haciendo lo que siempre hizo.

Lo que cambió, y esto sí hay que decirlo, es otra cosa. No cambió la herramienta en su carácter de amenaza; cambió la relación del astrólogo con el fundamento de lo que hace. Cuando yo calculaba a mano, aunque fuera una tortura, sabía exactamente qué estaba haciendo y por qué: sabía que el Medio Cielo salía de las ascensiones rectas, sabía por qué el sistema de Plácidus difiere del de Campanus, sabía qué significaba cada número que anotaba. El cálculo manual, con todo lo trabajoso que era, tenía esa virtud secundaria y enorme: obligaba a comprender. No se podía levantar una carta sin entender, aunque fuera un poco, la mecánica del cielo.

Quien destruye es el que no sabe lo que toca

Y aquí llego a lo que considero la verdadera contradicción conceptual, la que me preocupa de verdad y que ninguna máquina va a resolver por nosotros. Destruye más, mucho más, quien utiliza una tecnología sin priorizar el conocimiento de las bases que sustentan los conceptos de su propia disciplina. El daño no viene de la herramienta: viene del vacío que la herramienta tapa.

Pensemos en lo que ocurre realmente. Un aspirante abre un programa, ingresa fecha, hora y lugar, y en un segundo tiene frente a sí un mapa impecable, con los grados al segundo de arco, los aspectos tildados, las técnicas de pronóstico calculadas. Todo perfecto. Pero si ese aspirante no sabe por qué el ascendente es ese y no otro, si no entiende qué significa que un planeta esté retrógrado, si ignora cómo se corrige la hora por el huso horario y por la ecuación del tiempo, entonces tiene en la pantalla una obra de arte matemática que es incapaz de leer. Tiene la respuesta sin tener la pregunta. Y ese es el verdadero peligro, que nunca fue la máquina: es el astrólogo convertido en operador de una caja que no comprende.

La inteligencia artificial lleva este problema a un extremo que todavía no terminamos de medir. Porque ya no se trata solamente de que la máquina calcule, sino de que además interprete, que arme el discurso, que entregue la consulta redactada. Y entonces el que no sabe calcular una carta, y además tampoco sabe interpretarla, puede sentarse frente a un consultante y leerle en voz alta lo que le dictó un sistema que él no entiende ni controla. Eso no es la astrología que nos precedió. Eso es otra cosa, y conviene que le pongamos nombre antes de que se naturalice.

Para romper las reglas, primero hay que conocerlas

Hay algo que repito hasta el cansancio en la escuela, y que viene muy al caso: para romper las reglas, primero hay que conocerlas. El que calcula a mano y después decide usar el software para ahorrar tiempo no está renunciando a nada; está delegando una tarea que ya domina. Sabe lo que la máquina hace porque alguna vez lo hizo él. Puede desconfiar de un resultado raro, puede detectar un error de carga de datos, puede entender por qué una carta rectificada le da distinto. Tiene, en el cuerpo, el conocimiento que la máquina ejecuta en silencio.

En cambio, el que nunca calculó y usa el software como única vía de acceso no delega: depende. Y la dependencia sin comprensión es una forma de orfandad. No puede desconfiar de nada porque no tiene con qué contrastar, no puede corregir nada porque no sabe dónde está el error, no puede explicar por qué llegó a tal conclusión porque no recorrió el camino que lleva hasta ella. Con la inteligencia artificial pasa exactamente lo mismo, elevado a otra potencia: quien se apoya en ella sin bases propias no tiene manera de saber cuándo la herramienta se equivoca, cuándo inventa, cuándo le entrega una brillantez vacía que suena convincente y no dice nada.

No estoy, que quede claro, en la vereda de los que piden prohibir, censurar o volver atrás. Volver atrás no solo es imposible: sería estúpido. Yo uso el software todos los días, y usaría la inteligencia artificial sin ningún prurito si me ayuda a hacer mejor lo que sé hacer. El punto no es la herramienta. El punto es el orden de los factores. Primero el conocimiento, después la herramienta que lo potencia. Nunca al revés, porque cuando se invierte ese orden, lo que queda es una cáscara técnica sin nadie adentro.

Lo que se pierde cuando nadie mira el cielo

Me permito una digresión que no es una digresión, porque va al fondo del asunto. Los astrólogos de la antigüedad, los que nos precedieron y a los que tanto les debemos, miraban el cielo. Lo miraban de verdad, todas las noches, porque no les quedaba otra: su instrumento era el ojo, su efeméride era la bóveda estrellada, su cálculo era la observación paciente del movimiento real de los astros. Ser astrólogo, entonces, era ser también astrónomo, matemático, observador. La técnica y el conocimiento eran una sola cosa, inseparable, porque no había máquina que interpusiera distancia entre el hombre y el cielo.

Hoy, y esto nos interpela a todos, nosotros incluidos, levantamos cartas de gente que nació del otro lado del mundo sin habernos asomado una sola vez a la ventana a ver dónde está la Luna esta noche. La máquina resolvió el cálculo, y de paso, sin que lo pidiéramos, nos ahorró también la mirada. Ahí sí hay una pérdida real, y no la trajo la tecnología como fatalidad: la trajimos nosotros, por comodidad, por apuro, por no considerar importante lo que durante miles de años fue el corazón mismo del oficio.

La inteligencia artificial, si la dejamos, puede profundizar esa pérdida hasta un punto difícil de revertir. O puede, si la ponemos en su lugar, ser una herramienta formidable para quien tiene el conocimiento y quiere multiplicarlo. Todo depende, otra vez, no de la máquina, sino de quién la usa y de con qué viene cargado el que la usa. Una contradicción conceptual recorre esta época: cuanto más poderosa es la herramienta, menos parece importarnos entender lo que hace, y esa desproporción es la que habría que corregir.

No es la máquina, somos nosotros

Resumiendo lo expuesto, que a esta altura ya se habrá hecho evidente, el enemigo nunca fue el software y no es ahora la inteligencia artificial. El software no destruyó la astrología; la hizo más accesible, más rápida, y de paso dejó al descubierto a muchos que se apoyaban en el cálculo manual como única credencial. La inteligencia artificial tampoco va a destruirla. Va a hacer, me parece, exactamente lo mismo: dejar al descubierto a los que no tienen fundamento, y potenciar a los que sí lo tienen.

Lo que debería preocuparnos no es que llegue la máquina, porque la máquina siempre llega y siempre llegó. Lo que debería preocuparnos es formarnos de tal manera que, el día que la herramienta falle o nos falte, sigamos siendo astrólogos. Que el conocimiento esté en nosotros y no tercerizado en un sistema que no controlamos. Que la computadora sea el amplificador de lo que sabemos, y no la prótesis de lo que ignoramos.

Me quedo pensando, mientras escribo esto, en aquel astrólogo que conocí hace años, que con una efeméride y una regla de cálculo armaba un mapa correcto en poco más de una hora, y que para las casas se tomaba una hora adicional sin quejarse, porque entendía cada paso de lo que hacía. No lo traigo como nostalgia, ni para proponer que volvamos a los logaritmos, cosa que nadie va a hacer y con razón. Lo traigo porque aquel hombre, si hoy se sentara frente al programa más moderno o frente a la inteligencia artificial más avanzada, sabría exactamente qué pedirle, qué creerle y qué descartarle. Y quizás ahí, en esa capacidad de dialogar de igual a igual con la herramienta en lugar de rendirse a ella, esté la clave de lo que viene, una clave que no depende de ninguna máquina sino de lo que cada uno de nosotros esté dispuesto a saber.

Nota relacionada: La Rectificación Astrológica: del cálculo manual al software automatizado.

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